martes, 27 de febrero de 2007

Kirilov o el mártir de sí-mismo. Apuntes sobre un personaje dostoyevskiano.

I

En un ejercicio de radical desobediencia, de pericia revolucionaria, Kirilov se mata. Es decir, se esconde en una habitación de las más oscuras para, agazapado en un rincón, descargar su revolver contra sí mismo. Ya nadie puede pararlo. Pero antes de consumar su tragedia en este último acto despiadado el ingeniero Alexey Nylich, tras incontables noches de estudio por un insomnio sistémico insobornable, se ha procurado ya el diagnóstico definitivo: «Me mataré para afirmar mi insubordinación, mi nueva y terrible libertad.» Y después: «Las leyes de la naturaleza hicieron vivir a Cristo en medio de la mentira y morir por una mentira.», puesto que «si Dios no existe, yo soy Dios.», lo que significa: afirmar hasta las últimas consecuencias su independencia, privilegio sólo accesible para aquellos que, como él, han descubierto que si Dios no existe (o cualquier autoridad que justifique su poder ilegítimo sobre los hombres en base a postulados de igual manera metafísicos) todo depende de nosotros. En el ensayo “El hombre absurdo”, y más concretamente en el capítulo dedicado a Kirilov, dice Camus: «Convertirse en dios es solamente ser libre en esta tierra, no servir a un ser inmortal. Es sobre todo, por supuesto, sacar todas las consecuencias de esta dolorosa independencia.» Pero, ¿a qué el suicidio?, es decir, ¿por qué no sencillamente matar a Dios para después disfrutar de los tesoros que el retroceder del desierto ha dejado a la vista?

II

En un artículo aquí publicado por C. -“Tesis actuales y provisionales de la vida cotidiana dadaísta- se decía: «El elemento doloroso ha de estar presente en todo cambio radical», para más tarde continuar «lo que nos interesa es la emancipación radical de lo humano en toda su complejidad». En el mencionado texto es elogiable el análisis que C. lleva a cabo sobre la decadencia de la que en estos últimos tiempos el término “revolucionario” hace gala, decadencia que a mi entender radica precisamente en su simplificación, quiero decir, en la extirpación de aquel elemento doloroso. Porque la premisa irreductible de todo acto revolucionario es que la primera batalla se desarrolle siempre en el propio pecho. Y esto lo decimos de Kirilov, consciente en todo momento de la desdicha que supone el verse ya obligado, en cualquier caso, a afirmar su absoluta libertad. Habíamos dejado sin embargo una pregunta aún abierta en el final del párrafo anterior, cuestión en la que se decide lo absurdo o no del suicidio kiriloviano y que ahora deseo relacionar con la segunda tesis que he extraído del comentario de C., la cual más arriba puede leerse y que, recordemos, dice: «lo que nos interesa es la emancipación radical de lo humano en toda su complejidad». Pues bien, Kirilov trasciende los límites de su propia liberación individual y busca con su acto despiadado hacia sí mismo el camino hacia la emancipación radical de lo humano en general, tratando para ello de ilustrar a los hombres sobre la necedad que supone pensar la vida eterna como una posibilidad que pueda darse en cualquier otro mundo que no sea éste. La muerte forma parte de su fórmula pedagógica en la medida que con su suicidio demuestra que no hay más voluntad que la humana, al matarse por una idea sin futuro (pues él no lo verá) muestra la incalculable capacidad liberadora de la voluntad en conjunción con la conciencia de lo absurdo. La máxima expresión de la libertad es matarse significa que hemos hecho trizas los yugos de antaño, que ya no tememos más. «Si sientes eso, eres un zar y, lejos de matarte, vivirás en el colmo de la gloria», dice Kirilov; pero lamentablemente, los hombres no saben eso. Si en cambio todos comprendieran la lógica absurda del “todo está permitido”, lógica en la que evidentemente se inscribe su suicidio, la tierra se llenaría de zares, dice. Cada uno su propio zar, tal vez la suprema tesis revolucionaria.

Tesis actuales y provisionales de la vida cotidiana dadaísta

Muchas veces antes, el ritmo de lo cotidiano ha superado nuestra más firme voluntad de vivir. A cada paso, esa relación se va haciendo más diferente, más trágica, más urgentemente importante en nuestra existencia. El ritmo es ahora el ritmo de los tambores de la guerra, de los tambores de la esclavitud, del sonido agudo y escalofriante del moviendo sincronizado de todos los relojes fabricados por los humanos.

Nuestra existencia ha estado ligada al moviendo del tiempo medido desde el nacimiento del capitalismo, es decir, desde el nacimiento de la enfermedad. Los movimientos históricos de destrucción radical de lo existente se proclamaban utópicos como modo de suspender la medición de lo temporal. La utopía ha sido siempre compañera inseparable de los revolucionarios, porque ella pone en suspenso lo implacable, lo detestable de lo que es medible en lo social.

Cualquier chispa es buena para que la conciencia de lo absurdo renazca en nuestras cabezas. Ese paso que nos separa del giro radical está sólo a tiro de piedra, y se esconderá tras el más pequeño acto de la vida cotidiana. Porque todo es vida cotidiana…

Los que se han llamado grandes revolucionarios han ignorado la productividad del momento, relegando lo básico de la felicidad humana a los momentos de acuerdo entre seres que, de entrada, viven en mundos diferentes. Los grandes momentos de gloria, que luego serán estudiados como fósiles del pasado, es decir, como mitología, son el resultado de las palabras grandilocuentes que usan demasiado la palabra “sacrificio”.

Hay que decirlo claro: ninguna revolución será posible sin que cada individuo encuentre aquello que busca, sin que llegue a realizarse en lo más profundo de su simplicidad, o por lo menos, en alguna de las caras de la simplicidad. Cualquier acto heroico parece que ya cuenta con momentos de realizaciones previas. Siempre los discursos ante las masas han sido pronunciados demasiado rápido…

Hubo una vez en que parecía que el alimento, el refugio, la dignidad eran las únicas causas de lucha. Desgraciadamente para algunos, lo sigue siendo. Lo sigue siendo para la mayoría. Pero parece que nadie ha podido pensar que el problema es el lenguaje mismo, lo vago que nos resulta usar las palabras: son recipientes muy grandes, que siempre albergan alimentos diferentes. Hablar un mismo idioma no es garantía de acuerdo, porque no hay idiomas, sino personas que usan esos idiomas.

Los momentos de lucidez racional se mezclan con aquellos en los que seguir cualquier regla se nos antoja ir demasiado lejos de nosotros mismos, de no ser fieles a algo así como una naturaleza que podemos considerar como nuestra. Pero sólo una pregunta: ¿Quién dijo que hubiera una diferencia entre lo que es razón y lo que no? A veces las preguntas son ya grandes respuestas: por lo menos dejan más espacio a la imaginación.

Suena extraña la palabra revolución en nuestras bocas radicalmente modernas, después de que la historia, o las historias, hayan parecido demostrar que ser revolucionario es algo del pasado, que fue sólo un momento del devenir histórico que ahora ha muerto. Ellos sí que están muertos…

Si el pesimismo es revolucionario, es porque sólo desde el principio podemos construirnos a nosotros mismos. Bakunin tenía razón al destruir todo para abraza la nada, porque sólo desde la nada es posible llegar a todo (reivindicación de Hegel).

La nueva época, una más de tantas, parece querer intentar formar nuevos ídolos, nuevos gurús del futuro, nuevos médicos de lo enfermo. No hay que alarmarse por ello: los niños necesitan con qué jugar.

Parece que no es lícito ser pesimista, proclamar que nada es posible. El socialismo, los movimientos de liberación, del tipo que sean, huyen del pesimismo. Con razón. Pero nadie dijo que nuestra voluntad sea de hierro.

No queremos que nada esté claro, porque nada lo está. A cada instante, parece que todo es posible, incluso nuestra conversión en la normalidad, que es la garantía de cordura. Y, en verdad, el movimiento de lo humano parece que lo confirma. Nuestro ánimo fluctúa con el devenir de cada pequeño instante, con cada acontecimiento de lo que se llama “vida privada”, que no es más que un modo de llamar a nuestra cotidianeidad.

Pensarnos a nosotros mismos como seres cotidianos nos descarga de la grandiosa responsabilidad de sentirnos héroes, de tener que afrontar la decisión de si vale la pena volarnos por los aires por una esperanza suprema. Todavía no tenemos claro si es revolucionario el tener fe o no, en cualquier cosa… Quien quiera tenernos como vanguardia revolucionaria, se equivoca de lugar. En un ejercicio de coherencia, nos sabemos limitados, no por nuestra falta de radicalidad, sino por nuestra excesiva sinceridad. Aquellos que se dicen profundamente comprometidos, los que parecen más revolucionarios que nadie, son los primeros que no se pueden distinguir de aquellos a quienes parecen odiar, los que se ocultan en la masa, e intentan salir de ella sin enfrentarse a sí mismos, creyéndose dueños de la vanguardia, cambiando el mundo con textos, sólo con textos. El elemento doloroso ha de estar presente en todo cambio radical, ¿ o es que no quieren cambios radicales?.

La simpleza de cabeza es un rasgo generalizado, incluso en nosotros mismos. Siguiendo esto, o dejando de seguirlo, proclamamos una fórmula que nos permite dormir, que nos permite no creernos los nuevos apóstoles de la enésima justificación de lo existente, aún cuando tenga el adjetivo estéticamente atractivo de “revolucionaria”: el nihilismo es la libertad. Más allá o más acá de aquí, todo nos parece que tiene derecho a la vida, en cuanto que aspiramos a la reconciliación ingenua del todo. Así de ingenuos somos. Tal vez, sólo seamos otros intelectuales venidos al bando del aburrimiento espectacular que han leído demasiado y quieren una vida llena de aventuras.

Podríamos escribir miles de textos revolucionarios: a algunos parece que les salen de modo automático: es la libertad de lo falso revolucionario la que dicta las palabras, los nuevos usos que son necesarios para pasar por revolucionario.

Nuestro respeto se sitúa entre dos polos radicales: aquellos que no tienen nada que llevarse a la boca, que luchan por la legítima inclusión dentro del pastel del capitalismo, ya que la supervivencia nos empuja a rebajar la dignidad que ningún ser humano se debería ver obligada a rebajar, y la de aquellos que, teniéndolo razonablemente todo, aspiran a que ese posesión de la vida individual sea absoluta, infinita. Es decir, o supervivencia o utopía. Entre medio, sólo existe la gestación del espectáculo, de lo existente, que es legítima, no cabe duda, siempre que no quiera pasar por la vanguardia de lo revolucionario.

Lo decimos alto y claro: no habrá transformación del mundo a través de la expresión artística. Por eso, no cuidamos las formas, nuestros textos, la estética de nuestras actividades: aquellos que sí lo hacen, no hacen más que perderse en el camino de lo que no es importante.

No decimos a nadie lo que es revolucionario o lo que no: no tenemos ninguna intención de ser maestros de nada ni de nada. Nuestra acción es un modo de explicación profunda de nosotros mismos, explicación que es siempre y en todo momento un paso necesario para nuestra transformación. Si organizar a las masas es difícil, nosotros intentamos organizarnos a nosotros mismos, en nuestras cabezas, en nuestra sinceridad, en nuestro rechazo a las visiones grandilocuentes, en nuestro asco a aquello que, sencillamente, nos produce asco. Empezamos por lo simple hasta llegar a lo estructurado. Y no tenemos la intención de parar en el camino. El resto, que haga lo que quiera…

Reivindicamos muchas cosas para nosotros, pero ninguna de ellas es el reconocimiento público. NO nos interesa nada que la gente sepa quienes somos: eso se lo dejamos para aquellos que tienen voluntad de gurús de lo revolucionario, de artistas, malos artistas en nuestra desinformada opinión, venidos a teóricos de lo social. Es su asqueroso sentimiento burgués de culpa el que hace que crean que con la reclusión en lo estético es posible cambiar algo verdaderamente importante.

Estamos sembrados de dudas, de contradicciones: si a alguien les pueden servir nuestras dudas, entonces el germen de nuestra evolución habrá comenzado. Detestamos la figura del intelectual, por ser una figura autoritaria, venida de la luz de la razón, a decirnos al resto lo que existe en la esfera de las ideas. Ante eso, volvemos a reclamar lo sencillo, lo espontáneo. Porque fue justo lo más primordial del ser humano lo que fue destruido con la aparición del capitalismo, y lo que parece que aquellos revolucionarios con voluntad de mártires han olvidado de modo sistemático. Los Lenin, los Che Guevara, Los Trosky, los Debord, los Marx, los Bakunin, han tenido todos una cierta vocación de pasar a la historia: aunque han sabido dirigir a ciertas masas en ciertos momentos, han sido éstas las que han movido fundamentalmente los hilos de lo cotidiano. El resto, es fruto de la mala conciencia del burgués que quiere convertirse en el adalid de lo justo encima de su podrida montaña de conformidad.

Pocos ha habido que hayan empezado la revolución enfrentándose contra sí mismos, empezando por ser conscientes de su propio momento absurdo, de su hipocresía cuando hablan de opresión mientras que disfrutan de sus lujos burgueses. Que a nadie le quepa duda de que todavía existe el burgués: se confronta muy fácilmente con aquellos que no tienen nombre, que simplemente son, que no tienen nada de esperanza, que sus vidas no valen nada ni siquiera para ellos mismos: los revolucionarios de pacotilla parecen olvidar al resto de modo intencionado.

Alguien podrá pensar que somos seres conservadores: es lo repugnante del dogmatismo burgués pensar que ellos nunca tienen culpa de nada, y que es el resto quien tiene la culpa… Estamos más a la izquierda que cualquier grupo extremista que se diga de izquierda. Miramos hacia delante, y no hacia atrás. Pero sabemos que en el camino de mirar hacia delante, hay mucha gente que nos estorba.

Pero que nadie tenga miedo: somos demasiado cobardes como para abrazar la lucha armada. No somos héroes ni mártires; no jugamos a las etiquetas: simplemente somos. Sentimos no entrar en el juego de los grupos de izquierda que intentan ser más revolucionaros que nadie. NO queremos demostrar nada a nadie. Si nos hacemos visible es porque sabemos que no estamos solos, y porque la perspectiva de una revolución en la que la gente vaya a la lucha con una sonrisa en los labios, nos produce placer, mucho placer…

Si alguien nos quiere tildar de locos que nos haga: no nos interesan las etiquetas, las descalificaciones. Les damos la razón por adelantado. Lo que nos interesa en la emancipación radical de lo humano en toda su complejidad, sin dar la espalda absolutamente a nada. Toda revolución habrá de ser radical, sin concesiones de ningún tipo. Es éste nuestro compromiso revolucionario.

EL DESEO SERÁ SALVAJE O NO SERÁ.

GRUPO INTERNACIONAL INTERMITENTE DE INVESTIGACIONES DADAÍSTAS.

Noviembre del 2006

La industria del entetanimiento (I).

Muchos de vosotros, releeréis el título en busca del error, pero tal error no existe. Hoy en día no existe industria alguna que se encargue de entretener a las masas, el entretenimiento es un efecto, en todo caso, secundario.

Creo justo buscarle a este artículo un principio, así que, para favorecer la posibilidad de comprensión por parte de mis lectores voy a improvisar uno.

En 1995 el ilustre pensador neoliberal, asesor de la Casa Blanca, Zbigniev Brzezinski se dio cuenta, en un acto de lucidez mental, de una cuestión que marcaría el resto de su vida y su desarrollo intelectual. Si el 20% de la población mundial sostiene la economía de todo el planeta y el otro 80% se muere de hambre es probable que este 80% no esté muy contento, en definitiva, efectos secundarios de la tasa neoliberal del 20:80. Este 80% podría quejarse y resultar molesto para el “buenvivir” de los poderosos, así fue que este pensador inventó el término entetanimiento (Tittytainment).

El entetanimiento es lo que lleva haciendo la industria cultural durante el último siglo pero, la novedad reside en que, a partir de el logro intelectual de Zbigniev Brzezinski lo hace conscientemente. La cuestión era la siguiente, mientras que los alimentos y la riqueza no se expande a través del planeta sí que lo ha hecho toda la infraestructura necesaria para ampliar el espectro y el alcance de las telecomunicaciones, la causa es sencilla, las telecomunicaciones son imprescindibles para lograr expandir el entetanimiento. Así, por ejemplo, nos encontramos con proyectos tan recientes como el ordenador de 100 euros , idea impulsada por el señor Negroponte (famoso Halcón del Pentágono, defensor ante la ONU de la guerra de Irak, aclamado destructor-constructor de paises ajenos y persona honorable ante todo), proyecto que busca llevar a los niños “muertos de hambre” (esos “negros de mierda” que tanto han molestado a Bush con el tema del Katrina), no alimento como cabría esperar, sino ordenadores con internet. Curiosas las prioridades de la gente de la ONU y demás. Motivo, simple, expandir el entetanimiento. Los rastros de esta práctica lo inundan todo, de tal forma que sólo cabe “salir fuera” para mirar a los ojos al entetanimiento. Y ustedes se preguntarán: ¿Qué es el entetanimiento?, ahí va la definición preliminar:

El entetanimiento es el producto cultural que se distribuye a través de los medios de comunicación y que tiene como finalidad embotar a las masas de tal forma que el 80% de gente que lo pasa mal no se quejen y el 20% que lo pasa bien no tenga problemas de conciencia. Entetanimiento son las tertulias de la SER o la COPE, donde se opina siempre dentro del sistema, donde no se abordan los problemas de fondo sino que se le hace el juego al poderoso, entetanimiento son las películas que proyectan en los cines donde se hace apología del modelo social, se le ensalza etc. entetanimiento, en definitiva, es al capitalismo lo que el “realismo socialista” era al comunismo soviético.

Continuará…

Fuentes de interés:

Entrada en la Wikipedia

Un blog sobre entetanimiento

Página sobre entetanimiento

Pequeña fábula kafkiana

Hay una fábula de Kafka:

«” ¡Ay! – decía el ratón-. El mundo se vuelve cada día más pequeño. Primero era tan ancho que yo tenía miedo, seguía adelante y me sentía feliz al ver en la lejanía, a derecha e izquierda, algunos muros, pero esos largos muros se precipitan tan velozmente los unos contra los otros, que ya estoy en el último cuarto, y allí, en el rincón, está la trampa hacia la cual voy.” “Sólo tienes que cambiar la dirección de tu marcha”, dijo el gato, y se lo comió.»

Ya tomemos un camino / u otro / estamos en cualquier caso desahuciados.

Tragedia: dícese de la obra dramática de acción extraordinaria capaz de infundir lástima y terror en la cual nos vemos impelidos a actuar.

Existencia: dícese de la obra dramática de acción extraordinaria…etc.

Tesis actuales sobre nihilismo

1. El nihilismo es necesario en su momento negador. Toda negación participa del nihilismo en cuanto acepta la necesidad revolucionaria de la nada.

2. Todo nihilismo lleva en sí el germen de una cierta libertad auténtica. Toda libertad implica un lugar vacío que ha de ser ocupado por nuestra voluntad.

3. Existe un nihilismo progresista, y es aquel que busca la nada sin amarla: la nada es un medio, no el fin. Justo los que toman la nada como un fin, caen en las tendencias conservadoras de la historia.

4. En contra de lo que se piensa, los valores más fuertes aceptan implícitamente el nihilismo de una forma más palpable que los valores débiles, porque aceptan un exterior ilegítimo mucho más grande que el resto.

5. Hasta que lo romántico no pase a ser un elogio de las masas revolucionarias, todo progreso será un camino directo al vientre de la bestia…

Anatomía de la Melancolía de Robert Burton.

img108/4982/dureromelancoliasddrrrtgrtguh9.jpg

“La melancolía” de Alberto Durero

La melancolía (…) lo es en disposición o en hábito. En disposición, es esa melancolía transitoria que va y viene en cada ocasión de tristeza, necesidad, enfermedad, problema, temor , aflicción, enojo, perturbación mental o cualquier tipo de cuidado, descontento o pensamiento que cause angustia, torpeza, pesadez y vejación del espíritu y cualquier ánimo opuesto al placer, la alegría, el alborozo, el deleite, que nos causa indolencia o disgusto. En dicho sentido equívoco o impropio, llamamos melancólico al que está embotado, triste, huraño, torpe, indispuesto, solitario, de alguna forma enternecido o descontento. Y de estas disposiciones melancólicas no está libre ningún hombre vivo, ni siquiera el estoico: nadie es tan sabio, nadie tan feliz, nadie tan paciente, tan generoso, tan divino, tan piadoso que pueda defenderse; nadie está tan bien dispuesto que en uno u otro momento no sienta su dolor, más o menos. La melancolía, en este sentido, es una característica inherente al hecho de ser criaturas mortales.

El proceso de acercamiento dialéctico entre el pasado y el futuro: Kierkegaard y Bloch.

El instrumento utilizado para dominar este proceso, la dialéctica materialista, hace actuar al presente en relación con el pasado no de una manera cosificadora para con éste, es decir, no considerándolo como una mera mercancía del entendimiento, sino tratándolo «como un novum dominado y entendido en su mediación» (Bloch, Principio Esperanza,32).El pasado, así visto, deja de ser el frío e inactivo objeto contemplativo de la filosofía del atardecer para convertirse en algo vivo, en algo que reclama lo que aún-no-ha-llegado-a-ser a través de su amplitud creadora. Siguiendo a Bloch, el pasado con el que todavía no se han ajustado cuentas participa, y de hecho de una forma directa y esencial, del advenimiento (gracias a la intervención de la praxis materialista) del novum en tanto expresión esperanzadora del futuro. En este punto me es inevitable pensar en Kierkegaard:

« Ahora bien, si el pasado se hubiese hecho necesario, en ese caso ya no pertenecería a la libertad, es decir, a aquello por medio de lo cual llegó a serlo. La libertad quedaría entonces en mal lugar, lo mismo se echaría a reír que a llorar, porque tendría la culpa de aquello que no le pertenecía y produciría aquello que congenia con la necesidad. La libertad misma se convertiría en una ilusión y otro tanto le pasaría al devenir»(Migajas filosóficas, 86) El pasado, estudiado desde la óptica dialéctico-materialista del filósofo, se nos presenta así como una etapa intermedia que participa activamente en la construcción del por-venir, por-venir que es sin embargo un espectro de incertidumbre aclarado en cada momento por acción de la libertad: el “todavía no” pertenece a la utopía en su nueva reformulación material, la cual lleva a cabo una profetización al poner en juego activamente la esperanza como por-venir de lo mejor. Pero ahora se trata indudablemente también de una profecía hacia atrás, como parece insinuar Kierkegaard, ya que «ser profeta significa precisamente que en el fundamento de la certeza del pasado se halla la incertidumbre que para éste, que en un sentido tan enteramente idéntico como para el futuro, es posibilidad, de donde es imposible que derive con necesidad»(Ibidem) La conclusión a la que llega tras cuestionarse inicialmente, ¿Es el pasado más necesario que el futuro precisamente por haberse vuelto real?, en el capítulo IV de Migajas filosóficas me parece básicamente revolucionaria: la no decidibilidad absoluta del pasado, aún cuando éste se encuentre ya, naturalmente, en el estadio de lo irreversible. Porque en el pasado abierto encontramos ya, en su potencial contradicción para con el futuro, la categoría de novum-posibilidad sobre la cual navega toda expedición in terram utopicam:

«La posibilidad de donde procede lo posible que se convierte en lo real acompaña siempre a lo devenido y permanece junto al pasado, aunque en medio transcurran miles de años.» (Ibidem, 90)